Un lugar llamado Wanda

Allí estaba yo, sentada en aquella cafetería americana con una copa de ron. ¿Por qué ron, si yo nunca había bebido ron y ni siquiera me gustaba? Había pedido un café con leche de avena y azúcar moreno, muy caliente, pero el camarero me miró como si fuera de otro planeta, no sé si por mi pésima pronunciación del inglés y mi acento spanglish, o porque no había llegado aún a EEUU la bebida de avena.

Todo empezó el día que te fuiste. No entendí nada. Lo había dado todo por ti, hasta mi pasión por escribir. Renuncié a salir, a los amigos, a perderme caminando, como siempre hacía. A viajar. A ir de shopping. Renuncié a mí misma, a todas mis aficiones y secretos, a mis sueños de adolescente, como solías decir. ¿Quién había sido antes de ti? ¿Quién era ahora? ¿Quién quería ser después de ti?

 

Por eso decidí viajar a Nueva York: para borrarte y comenzar una vida nueva, solo mía. Para aprender a hablar inglés (bien hablado). Para aprender a estar sola otra vez. Para aprender a olvidar lo inolvidable, a aceptar lo inaceptable. Para huir de todos los que se compadecían de mí. Para huir de ti.

El olor a café, el murmullo de todas estas personas de fondo, de vasos, de copas, tazas, platos, cafeteras non-stop. Yo invisible a todo el mundo, observadora de las hiperrealidades de todos los allí presentes, todos de paso, pausa y vuelta al trabajo, o a las compras, o a casa, o vete tú a saber, quizás queriendo viajar como yo a otros lugares desconocidos, y volver a empezar desde el punto cero. Parejas, infidelidades, soledades, frustraciones, optimistas, conformistas, locos de atar, todo al estilo puramente americano, tal cual lo pintaban en las películas. Por eso elegí Manhattan, el lugar que siempre anhelé visitar por culpa de todas aquellas historias de cine: Pretty Woman, Annie Hall, Manhattan, Algo para recordar, Érase una vez en América, Desayuno con diamantes…

Y ese olor a café americano, como a ti te gustaba tomarlo todas las mañanas… Largo y sin leche. Nada de sucedáneos de cafeteras Nespresso ni nada por el estilo. Siempre la auténtica cafetera italiana, el café de toda la vida, en su esencia. Y ahora ese aroma me persigue, da igual a dónde vaya, para recordarme que aún no te he dejado ir. Está en todos los bares del mundo, en todas las casas. Y yo ahora odio el café, como te odio a ti, aunque te siga queriendo tanto, anhelando tanto…

Salí de la cafetería sin acabarme el ron y caminé decidida hacia ninguna parte, como solía hacer años antes cuando tenía que tomar alguna decisión importante o me sentía colapsada o triste por algo. Caminar sin rumbo fijo me ayudaba a pensar claramente, a definir mis ideas, a relajarme, a retomar mi rumbo.

Y de repente estaba allí, delante de la joyería Tiffany’s y bajo una lluvia repentina. No tenía cruasanes para reproducir la escena en que Audrey Hepburn, en uno de sus días rojos en que tiene miedo y no sabe por qué, se plantaba allí delante a contemplar el lujo bajo sus gafas de sol y su peinado perfecto. Ni sus cruasanes, ni su belleza, ni su elegancia. Pero allí estaba yo, delante de aquel escaparate, tan perdida como ella en la película.

Todo el romanticismo se rompió cuando me di cuenta de que cada vez llovía más, y lo único que me esperaba al llegar al loft viejo y desgastado que alquilé a través de Airbnb era un resfriado y mucha soledad. Al pensar eso, me sentí triste y liberada a la vez y pedí un taxi.

El taxista resultó ser un pakistaní llamado Ali o Alí. Después de varios minutos dedicados a explicarle dónde estaba mi alojamiento y varias vueltas a la misma manzana, puso el GPS y escribí allí el nombre de mi calle.

–  ¿Española?

–  Sí, de Barcelona.

–  ¡Oh! Yo gusto mucho paela, toro y Mezi, jajaja.

–  Vaya, pues yo odio el futbol…

–  Mezi, ¡vizca Barza! The best, isn’t it?

– …

– ¿What do you do in New York?

Su media sonrisa y su movimiento continuo de cabeza a un lado y al otro me estaba poniendo muy nerviosa, pero intenté ser agradable, sobre todo porque me iba a sacar los ojos a la hora de cobrarme, así que más valía ser simpática.

–  Quiero olvidar a mi ex-boyfriend.

– Oh, ¿a boyfriend in New York?

– No no, nada de novios. Tengo… Tenía novio en Barcelona, pero finish, end, stop, game over, ¿ok?

– Ohh, lo siento mucho, señorita. You are mucho guapa.

– …

– ¿Cómo te llamas?

–  Wanda, me llamo Wanda.

– ¿¿Wanda?? ¿Por qué tú te llamas Wanda?

– Eso se lo tendrías que preguntar a mi madre.

– Guuuan-da, Guaaaan-da. Nice name para chica mucho guapa.

 

Por fin llegamos a mi destino. Seguía lloviendo a cántaros. Ali o Alí me ayudó a descargar la maleta, estaba agotada. Le di 40 dólares y las gracias. Él intentó besarme en la mejilla pero me aparté.

– Mucho guapa, Wanda. Welcome to New York City and Vizca Barza!

El apartamento estaba en una calle poco transitada, cosa que me encantó: las pocas horas que había estado en Nueva York me habían servido para vivir su ajetreo y necesitaba un poco de calma.

Busqué mi teléfono y escribí un what’s app a Jennifer, la propietaria, para que viniera a darme la llave. Por suerte el portal estaba lo suficientemente cubierto para no mojarme, aunque había cogido frío.

Jennifer abrió la puerta. Era una chica agradable, más o menos de mi edad, quizás 2 o 3 años menos. Rubia de pelo corto y cosmopolita, con aire de intelectual cool.

–  ¡Hola! Tú debes ser Wanda.

– Encantada de conocerte, ¿Jennifer?

– Encantada Wanda. Estás empapada, vamos, entra, entra.

Me acompañó al primer piso y me dijo que el loft era pequeño pero muy acogedor, así que esperaba que estuviera a gusto allí.

– Supongo que estás agotada pero si te apetece, esta noche tenemos una fiesta en mi apartamento de arriba, así que si te apetece estás invitada.

No esperaba tanta hospitalidad en una ciudad tan grande, así que no supe reaccionar.

– Gracias, pero estoy muy cansada, quizás otro día…

– Como quieras. Si cambias de idea, ya sabes dónde estamos. ¡Hasta luego y bienvenida a New York City!

Por fin sola. Inspeccioné cada rincón, en dos minutos ya lo había visto todo: un salón con una cocina casi de juguete, una cama king size separada por una cortina de tela, y un lavabo. Todo al estilo ikea, donde menos es más. Justo lo que necesitaba: lo mínimo posible para vaciarme de todo.

Me di una ducha caliente y me senté a mirar cómo llovía a través de la ventana. Oía voces en el piso de arriba, risas, música… Cogí el teléfono y vi varias llamadas perdidas tuyas, y un mensaje de audio de casi cinco minutos. Mientras me vestía lo escuché. Me puse a llorar como una imbécil, me maquillé y llamé a la puerta de Jennifer.

– Emm, hola Jennifer. Al final he venido, espero no molestaros…

– Oh, no, no digas tonterías. Entra, entra. ¡Ey! Saludar a Wanda. Es de Barcelona.

Las fiestas nunca habían sido lo mío y hacía por lo menos tres años que no salía (lo que se dice salir). Con él siempre íbamos a cenar solos, pero nunca salíamos a bailar o a tomar una copa, y raras veces quedamos con ninguno de nuestros amigos, porque cada vez que se lo pedía me valía una discusión y al final acabé por cansarme, lo que hizo que poco a poco fuera distanciándome de mi familia y también de mis amigos, que ya nunca me llamaban para quedar.

– Hola Wanda. Soy Thomas.

– Hola Thomas, encantada de conocerte.

– ¿Una cerveza?

– ¿Puede ser vino?

– Claro, marchando un tinto para Wanda.

 

Nunca me había pasado, pero al despertarme y ver a Thomas allí conmigo, durmiendo como un bebé, me asusté. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? Había dos copas de vino apoyadas en el alféizar de la ventana. Me levanté y me di cuenta de que lo habíamos hecho, al ver el condón lleno de semen en el suelo.

Me sentí sucia, y me gustó sentirme así. Thomas no era muy guapo ni tenía un cuerpo 10, pero la sensación de estar allí con un casi desconocido y haberme atrevido a acostarme con él me hizo darme cuenta de que ya no había vuelta atrás. Fui al lavabo a hacer pis y contemplé un rato mi reflejo en el espejo.

Sabía que Alberto me había puesto varias veces los cuernos, aunque nunca hasta entonces me había atrevido a pensarlo. Sentí como si le hubiera sido infiel, aunque lo nuestro se hubiera acabado mucho antes de venir a Nueva York. Y esa sensación de haber roto las normas, de haber por fin pensado únicamente en lo que me apetecía hacer en ese momento y dejarme llevar, de pensar en mí y en mi propio placer, me hizo sentir feliz, muy feliz.

Antes de volver a la cama con Thomas me masturbé. Mi libido había vuelto a encenderse y no quería desperdiciarla ni un minuto. Había cerrado una etapa y, aunque todavía tardaría varios años en deshacerme casi por completo de su recuerdo, podía volver a ser yo misma, seguir mis reglas y caminar hacia ninguna parte siempre que me apeteciera. Se habían acabado las discusiones, la desconfianza, los celos, las renuncias y también el buen sexo, sí. Echaba muchísimo de menos el sexo con él, pero ahora ya no era el eje de mi vida. Me sentía viva y optimista, y ahora lo único que me apetecía era volver a empezar y superar todo esto.

 

No volví a ver a Thomas, y unos meses después regresé a Barcelona, orgullosa y renovada. Por eso, cuando me encontré con Alberto en el restaurante de siempre cenando con otra, pude sonreír a mis amigas y susurrarles: Wanda ha vuelto… pero por favor, vámonos a otro bar.

 

Photo by Oliver Niblett

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