Abierto por vacaciones

Hace calor –mucho-, el tren va a rebosar aunque sea agosto, a veces los aires acondicionados no funcionan –aunque sea agosto-, a veces hay personas –vamos a decirlo así- que no se duchan hace días, no porque no puedan sino porque les da pereza y eso no es bueno para la sociedad –sobre todo en agosto-.

Total, que soy una currante y no tengo vacaciones en agosto. Y lo peor es que no le doy penita a nadie y si me fuera seguro que sería peor porque en todas partes hay de todo menos tranquilidad, porque están todos buscando palmeras playas parasoles destinos exóticos selfies y todo eso que ahora critico por envidia cochina.

Y retomo la escritura porque el estrés está que arde en la oficina, porque hace tiempo que escucho una vocecita que no sé qué dice, y escribo para ver si le doy voz de una vez por todas.

Escribo también por solidaridad: sí, porque así me desahogo y no maldigo a nadie, porque es agosto. Y porque seguro que alguien más se siente identificado por este odio repentino al mes de agosto, tan esperado y tan decepcionante cuando ha llegado.

Antes los agostos eran livianos, tranquilos, llenos de nuevos horizontes para septiembre; bicis, helados, playas eternas hasta de noche, amigos, soledad buscada, libros y libros y libros bajo la sombrilla, paseos junto a mi padre a la orilla del mar, y junto a mi madre, contemplación y días eternos de verano. El pueblo, la alegría del sur, las chicharras, los primeros amores –y desengaños-, las orquestas y el tinto de verano, el calorcito y la siesta, el fresco de las estrellas, los castillos en el aire, el aroma a flores de las calles vacías, el embrujo de Granada; y luego también el Mediterráneo, el aroma y la brisa del mar, la caricia de la arena fría en los pies, mariscada, helado de straciatella, esas tardes viendo como mis sobrinas se hacen mayores y juegan. Jugar a ser alguien diferente a quien representa que eres todo el año. Eso era agosto.

Este año, agosto es el recuerdo de aquellos veranos, y la imperiosa necesidad de recuperar alguna de esas tardes, noches, madrugadas, aunque sea a pequeños intervalos. Y que el mail, el teléfono y los deadlines se callen ya y me dejen escuchar esa vocecita que tanto habla, aunque no escriba.

“Cerrado por vacaciones. ¡Feliz verano!”…

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